¿A qué sabe la paternidad?

Oct 7, 2020 | Club de escritura

Club de Escritura

7 octubre, 2020

Natalia Ramón Gaitán

Dos ciudades, dos edades, dos padres, la misma persona. Natalia Ramón nos cuenta el sabor de la paternidad y cómo ese sabor se transforma cuando un padre se convierte después de muchos años en cuidador. Este texto fue escrito en el marco del Club de lectura y escritura de La mala mamá. 

La paternidad huele a alcohol, a trasnochos de mi madre, a una zona industrial de Bogotá y a un fin de semana entero con mi familia materna esperando que mi papá aparezca. Yo lo único que sé es que estoy aprendiendo a montar bici y que mi padre seguramente está trabajando en algo importante. 

Es sábado en la tarde. Mi papá ha salido a tomar, como de costumbre, después del trabajo, y quiero creer que simplemente se olvidó de nuestra existencia y se quedó dormido en algún rincón de un lugar, de una cama, de algún amigo, después de diez cervezas y unas cuantas botellas de algún licor oscuro (el blanco le hace mucho daño). 

Estoy en mi bici azul que aún tiene cuatro ruedas. Mi tío me empuja en una pendiente. Mis tías llaman desesperadamente con sus minutos limitados sin respuesta alguna. Mi madre está atrás, con ellas, preocupada, enojada y agotada. Yo sólo quiero que mi bicicleta tenga dos ruedas y que mamá pueda verme subir esa montaña gigante que mi hermana sube desde siempre hasta con una mano. 

Esto no puede durar tanto tiempo. Durará hasta que yo aprenda a ir a la ciclovía, ¿pero quién me va a acompañar hasta ese momento? Yo no aguanté tanto cuando mis amigas decidieron salir al recreo sin mí. ¿O sí? Ahora recuerdo que sí, y creo que lo que hace mi tía por mis primitas también lo es, aguantar aquella sombra que la acompaña en su cama, ese hombre que suelta una carcajada como máscara. Mi otra tía criando a un bebé de 25 años también aguanta. Aguantar hasta que sea más viejita y arrugada. Aguantar, aguantar, aguantar, seguimos aguantando en silencio, con lágrimas, culpas y mucha tristeza así no demos más. 

Martica, la señora que trabaja en la casa, me dice con una voz acelerada y ansiosa: “Chiquita, su papá no demora”. Martica pone a mi padre en esos pedestales donde tiene a cristo y a la virgen María para rezarles con “miedo o respeto”, como dice ella. 

Mi recuerdo predilecto: Bogotá, mucho frío, un pasillo grande sin final y muy oscuro. Ahí están mi hermana y mi mamá esperando a mi papá. Él llega en un taxi amarillo con los ojos rojos y dice que sólo fueron un par de cervezas. Pienso que esos ojos tal vez están rojos por el jabón rey que hacen en la fábrica y que mi papá se encarga de vender en todas las tiendas de barrio. ¿Quién no tendría los ojos rojos con ese cebo y los químicos con que hacen esos jabones que parecen cubos gigantes? 

***

Diecinueve años después y esos días en Bogotá -que aún recordamos en algunas reuniones sociales- espero no vuelvan. Pasaron los años y estamos en otra ciudad, que ya es la propia, y la paternidad me sabe diferente. Pasamos una mudanza, vivimos una separación de una familia formada en el catolicismo y el cristianismo, atravesamos un cambio de roles por un despido injustificado. Mi padre, ahora desempleado, se hace cargo de lo que hacía mi madre “naturalmente” por su sexo. Él se ve a sí mismo vulnerable, agotado e incluso frustrado. Pasar de ser el proveedor al cuidador anidaron frustraciones. 

Ahora mi madre provee la casa, tiene una jornada laboral larga y ya no encuentra tantas responsabilidades cuando vuelve del trabajo. La ropa está lavada, planchada y perfectamente doblada en su sitio. El almuerzo para el día siguiente está listo. La casa está organizada, las niñas (siempre niñas para mi papá) ya almorzaron y sus tareas del colegio están hechas. También hay una montaña de travesuras que aunque se suponían eran secretas no se las oculta a mi madre. En su nuevo rol, papá desarrolla una manera particular e inamovible de tender las camas, lavar la ropa, plancharla (tarea que veo tan innecesaria) y secarla de tal forma que ninguna de sus fibras se pegue a las otras.

Ahora los mimos y delirios de hermanito pequeño no cesan. Antes había esa ternura en sus actos, pero no los recuerdo. Me quedan sólo fotos, cuentos de mi madre y los recuerdos de mi hermana. Las comidas cotidianas con decoraciones infantiles son más frecuentes. Hoy mi padre es apoyo, trabajo, ropa y plancha. Sus regalos huelen a plantas, tierra y cuidados. Él tiene un amor incontrolable por los gatos, por despedirse de ellos y verificar que antes de irnos no queden encerrados en un armario. La paternidad son pequeñas manos arrugadas color chocolate en mi frente cuando tengo migraña. Y con una botella de agua caliente cuando tengo cólicos.

Hoy la paternidad es la confianza de contarle a mi padre que me hice un tatuaje y los nervios de ambos pensando en estrategias para contarle a mi madre, pues en mi casa el cuerpo es un templo y no un lienzo. La paternidad son las lágrimas que brotan por su rostro al saber que su hija derramó unas cuantas por un hombre que no la amó como ella anhelaba. Es su abrazo y consuelo. 

Club de Escritura

Leer sobre mujeres y maternidad, escribir sobre lo que significa ser mujer y madre en la sociedad actual, hablar con otras mujeres y debatir sobre todo esto es una tarea necesaria cuando se quiere maternar de una forma reflexiva y rebelde. En este club de lectura, leeremos literatura, poesía, cuentos, artículos, biografías.
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