Carta a mi madre

Dic 2, 2020 | Blog Personal

Escrito por Magalí Contreras

2 diciembre, 2020

Creo que hay un tiempo en que las hijas sólo podemos ver a la madre que queremos, para odiarla o amarla cuando se acerca o aleja demasiado de nuestro ideal.

Má,

Hoy durmiendo a Oli me vino a la mente el recuerdo de que exactamente a su misma edad vos perdías a tu mamá y me entristecí. Recuerdo que me has contado la historia ante alguna pregunta mía (pues sí, la hija que lo pregunta todo), y tu relato ha sido casi sin emoción aparente. Quizás es sólo mi recuerdo, no lo sé, la mente es traicionera. 

Anoche, respiré profundo intentando contener las lágrimas porque Oli aún estaba dormida y no quería despertarla con mi llanto. Me acordé de los datos que me diste y los empecé a juntar hebra con hebra. “Murió de un aborto mal hecho”, “Yo era muy chica, no me acuerdo”, “No se habló nada del tema”, “Me quedé viviendo con mi papá”. Algo no me alcanzaba, ¿a vos sí? ¿Te bastaban esos datos, cortos, borrosos, imprecisos, para contarte tu historia?  Nunca creí muy necesario saber de la historia de nuestros padres hasta que tuve a Oli. Ahí me di cuenta que todas llevamos algo de nuestra madre adentro, como las mamushkas.

De chica, te recuerdo estando en todo: qué cocinar, qué faltaba comprar, cuáles eran nuestros horarios de contraturno y los nombres de todos nuestros amigos. Había que pedirte permiso para salir, para comprar ropa, o para armar juntada en casa. Sólo había que marcar 4- 703-7846 en el teléfono y  muy probablemente luego de dos tonos, aparecía tu voz. Nos dejabas hacer de todo, pero siempre había que mantenerte informada. 

Sé que de adolescente odié fuerte esa sensación de que tenías todo resuelto: sabías qué trabajo te gustaba, cumplías con todo lo que te proponías y vivías tapada de trabajo. Ilusa, así te veía, o mejor dicho, así te inventaba.

Hoy, con otros ojos (aunque no pueda divisar bien cuáles), sé que no tenés nada demasiado resuelto, que intentás estar bien, disfrutar de las pequeñas cosas que te da la vida que son estar en familia y hablar con tus dos amigas. Sé que intentas sacarle una sonrisa a cada nieto cada vez que te ven. Y que buscás, cuando te lo permito, encontrar algo de amor en esta hija que te ha sacado unas cuantas canas verdes. 

Me llevó tiempo, sí. Varios cafés de puerperio, varias videollamadas, varias vacilaciones con respecto a la que soy y a la que fui, pero te veo. Te veo, y te encuentro en la tristeza que disimulan tus anteojos por glaucoma.

Hoy sé que el trabajo no es ni más ni menos que el refugio que te construiste para estar cuando algo te derrumba. ¿Cuántas veces te derrumbaste en tu vida, má? Definitivamente es algo que me pregunté anoche y, también, cada vez que me siento pesada, agobiada, inútil frente a una beba que me demanda y me consume. ¿Qué hiciste para levantarte, má?

Hoy, me doy cuenta que en estos años se me perdió bastante la mujer que fuiste. ¿Cómo fue trabajar y criar tres hijos? ¿Cómo fue soportar mis enojos? ¿Cómo fue cuando nos fuimos?

Creo que hay un tiempo en que las hijas sólo podemos ver a la madre que queremos, para odiarla o amarla cuando se acerca o aleja demasiado de nuestro ideal. Como los caballos que van con su antifaz sin poder ver lo que los rodea, porque si no se pierden en el camino. ¿Me voy a perder ahora que me lo quité? ¿qué va a pasar con nosotras ahora que nos vemos de mujer a mujer?

De adolescente no encontré otro modo de sacudirte que no fuera enfermando y odiándote con locura. Me hubiera gustado encontrar otro modo, de verdad. Me hubiera gustado poder abrazarte y decirte que necesitaba más que puro control y una balanza que me pesara. 

Hoy me conformo con que estas letras te lleguen, aunque no sé si me atreveré a mandarte esta carta. Por el momento me dispongo a escribirte y pensarnos. Quizás ya la estés recibiendo. Lacan (¡si me habrás visto leerlo en los años de estudio facultativo!) dice que todas las cartas llegan a destino, incluso aquellas que no enviamos. 

Ojalá estas palabras te abracen. Porque sé que muchas cosas cambiaron, que nosotras mutamos en cuerpos, en charlas, en pérdidas, en generaciones nuevas. No somos aquellas que fuimos hace diez o veinte años atrás. Pero también sé que muchas están, permanecen, duelen, nos duelen y sobre todo, nos acercan.

Te amo, má, con todo lo que te odié y con todas las diferencias que nos permiten construir de vez en cuando algún puente para poder cruzarnos.

Gracias por todo, y especialmente por estar, con todo el trabajo que te dí,  siempre ahí.

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