Cuando lo “natural” no es una opción

Ago 6, 2020 | Club de escritura

Club de Escritura

6 agosto, 2020

Roxana González

Integrante del Club de lectura y escritura de La Mala Mamá Podcast

Estamos en la Semana Mundial de la Lactancia Materna y las redes sociales se llenan de una oda a la teta y a todo lo natural y fisiológico de la maternidad ¿Pero qué pasa con las mujeres que no pudieron o quisieron amamantar? ¿Con las que parieron por cesárea? ¿Son menos madres? ¿Su cuerpo pierde valor? Roxana González nos cuenta su historia.

Estoy formada en la fila de la cooperativa del colegio esperando a que el grupo de niñas frente a mí se desamontone y pueda pedirle a la señora Lily mi refresco en bolsita y una torta de jamón que compro todos los días con religiosa puntualidad. Conozco a Lily desde que se incorporó al colegio, es una mujer de unos cuarenta años con unas tetas majestuosas a quien vi amamantar a sus dos hijos. Justo a lado de la fila, está Ana Laura, la chica rebelde del salón quien a sus 15 años, ya tiene unas tetas como las de Lily, y yo, sin querer, me pierdo un poco en sus tetas y las comparo con las mías. 

“¡Rox! ¿Sigues ahí?”, me despierta la maestra de educación perinatal quien habla de los cambios en el cuerpo en el séptimo mes de embarazo: tetas inflamadas y alguna que otra pérdida de leche o calostro. Pero hasta este punto, mis tetas siguen igual que a los 15 años. Es lo que pienso mientras estoy sentada sobre una colchoneta con mis 10 kilos de más y sostengo en mis brazos a un muñeco relleno de semillas que deberá pesar otros cuatro kilos.

La educadora perinatal comienza a hablar de la cesárea humanizada: “Es como si planearas un viaje a la Riviera Francesa, pero el avión, sin querer, toma una desviación y llegas a Finlandia”. O sea, que es igual de bello pero diferente. A mí me gusta esta analogía pero lo que me apura ahora es la lactancia y el tamaño de mis pechos. 

Le hago saber al ginecólogo mis dudas sobre la lactancia. “Si mi esposa pudo amamantar a tres niños y mide metro cincuenta, usted, que mide metro sesenta y cinco también va a poder, así que deje de hacer elucubraciones y ya no escuche historias de terror”, me dice de la manera más paternalista y fría posible; sin embargo, no hago caso por que así son casi todos los doctores. ¿O no? 

Disfruto mi último mes de embarazo: sigo con mi rutina de yoga y con clases de natación dos días a la semana. En fin, todo lo que estoy haciendo me encamina al parto ideal y al postparto de ensueño. Me imagino envuelta en un vestido vaporoso, sublime, con unas tetas lecheras que dan vida y majestuosas como las de la señora Lily y Ana Laura. 

Si la educadora perinatal decía que la cesárea era como ir a Finlandia, mi experiencia fue como subirse a una combi destartalada, tener un mal viaje con hongos y llegar a un pueblo recóndito donde hay una bruma tan espesa que no verías nada a un metro de distancia. 

Kristeller y Hamillton, nombres de hombre para describir procedimientos agresivos que sucedieron durante mis 12 horas de parto, tumbada en una cama, desnuda y vulnerable mientras a quien le confías tu vida y la de tu bebé, estaba tan apresurado por terminar para poder festejar el 16 de septiembre con su familia (día en que se celebra la independencia en México).

Sufrimiento fetal. Es hora de ir a Finlandia.

El avión tiene problemas para despegar, la epidural no hace efecto y tienen que poner en marcha el motor del avión varias veces. Al décimo intento de la inyección, el avión sufre un desperfecto y pierde la parte superior: todo mi torso, hasta mi lengua se apagan. El avión está lleno de pasajeros desconocidos y el esposo no está a bordo. Anestesia general, nos vemos al despertar.

Antes de cerrar los ojos, comprendí que mi cuerpo ya no era mío.

Pasados los días de recuperación hospitalaria, regresamos a casa para encontrar a nuestra perrita confundida y acongojada. Yo también estoy confundida y acongojada. ¿Podré hacerlo bien?

Mi papá me regala una de esas luces que se conectan al enchufe para que nos de luz en medio de la oscuridad. De golpe, la luz suave y tenue que nos ha acompañado en cada tetada se hace insoportable y estridente, Nina comienza a patalear impresionantemente para sus primeros tres días de vida y rechaza mis tetas después de media hora de mamar de una y cinco minutos de la otra. 

A las dos semanas una asesora de lactancia me dice que sufro “Tejido Glandular Insuficiente”. Es decir: poca producción de leche, adiós Lactancia Materna Exclusiva (LME). ¡Cuánta envidia siento ahora de Ana Laura y de la señora Lily! La onda expansiva de esta explosión llega hasta mi esposo, no sé si su llanto es por empatía o por la economía. El mío es de culpa.

Poco a poco, la fórmula y yo nos hacemos buenas amigas, además el esposo apoya como debe de ser.

Han pasado casi dos años del inicio de este viaje, donde la bruma comienza a disiparse, se aprecia la belleza del lugar y los rayos de sol se sienten cálidos en la piel. 

Ayer mi amiga Yaz subió una foto con sus dos críos. Casi cuatro años de LME en tándem. “Mi cuerpo es magia”, escribió en la descripción.

Magia también es decidir si quieres o no quieres ser mamá. Magia es cuando tu cuerpo gesta y dos corazones laten dentro. Magia es el acto de cuidar y de cuidarse. Magia es intentar dormir sentada por cinco noches seguidas con la criatura aferrándose a tu torso para ayudarle a sobrellevar una fiebre aftosa.

Mi cuerpo también es magia.

Club de Escritura

Leer sobre mujeres y maternidad, escribir sobre lo que significa ser mujer y madre en la sociedad actual, hablar con otras mujeres y debatir sobre todo esto es una tarea necesaria cuando se quiere maternar de una forma reflexiva y rebelde. En este club de lectura, leeremos literatura, poesía, cuentos, artículos, biografías.
Share This

¡Comparte este post!

¡Comparte este contenido en tus redes sociales!