Cuerpo de mujer

Ago 21, 2020 | Club de escritura

Club de Escritura

21 agosto, 2020

Natalia Moreno

Biología, deseo, poder ser madre, querer serlo, naturaleza, placer controlado. Estas son las dicotomías que acompañan este relato sobre una mujer que desde los once años lucha para no ser mamá pero que hoy se pregunta por esa posibilidad aterradora y hermosa que su cuerpo le ofrece.

Recae en mi cuerpo una inmensidad hermosa y dolorosa: la posibilidad de crear una existencia y expulsarla al mundo. Necesidad de mujer, instinto maternal, naturaleza femenina. Cada vez que me pregunto qué se sentirá que alguien crezca en mí,  se me arruga la garganta y pienso en los sueños -casi recuerdos- que he tenido dentro de mi madre, bebé, con luces y sonidos distorsionados a lo lejos, y con una calma inexplicable; pienso también en la furia con que atravesé sus órganos y transfiguré su piel y cambié literalmente todo en su vida.

Mi vida cambió a los once años: lloré mirando mis calzones y desde entonces me desbordo no sólo en ellos sino en todo lo que me mueve el alma; desconozco esa máquina procreadora mágica que contengo y aún así me siento poderosa; resbalo en aguas y sangres misteriosas dadas por sentadas. Nadie te dijo que te la pasarías una y otra vez creando la cuna endometrial perfecta, gruesa y fuerte, y que como hecho natural se resistiría también una y otra vez a su ausencia de vida, desgarrándote pero dándote una fuerza tremenda. Menos que no podrías ir a la escuela de música sin varios análgesicos de por medio y que las toallas no te harían sentir segura en lo absoluto; ni que serían los momentos más conscientes y sentidos, tan tuyos, tan honestos. Evidentemente nadie te dijo que viniste al mundo a sentir los gritos de tu útero y sólo te queda abrazar lo que tienes: los charcos en las sábanas, el impulso por comerte al mundo y el dolor retorcido que te recuerda que eres órganos y hormonas y sangre y cuerpo.

Tengo tantos recuerdos con mi menstruación como con las no muy sutiles caricias de mi “naturaleza materna”; el entrenamiento para ser madre es casi tan cruel como el asco que te debe dar sangrar. “¿Cuántos hijos vas a tener?”. Toallas higiénicas escondidas de las que nadie se puede enterar, no sólo en el escandaloso paquete sino también en la sudadera de educación física disimulando la asfixia de los mil cucos sobrepuestos. “¡Qué pesar que el apellido se va a perder, pero nada como los nietos!”. Tampones innombrables que las vírgenes no se podrían permitir. “Primero estudie y luego tenga bebés, no me vaya a decepcionar.”¿Por el estudio o por los bebés? Fornicación maldita que te llena de granos y te hincha los senos -nada que ver con tu desarrollo adolescente, obvio-; “¿Que no vas a tener hijos? Póngale cuidado que dentro de nada le dan ganas, es normal.” 

Madre por biología y por posibilidad; madre por amor, por conexión y por estar completa. Sangre invisible, asquerosa y sucia; sangre exagerada, histérica e impulsiva. Sabes que algo no cuadra cuando siempre juegas a ser la mamá de tres o cinco y al mismo tiempo no eres capaz de pronunciar la palabra menstruación.

Interiorizar estas frases toda mi vida hizo de la maternidad una rendición y del sangrar una tortura constante, y es aquí donde confluye nuestra salvación: los anticonceptivos hormonales. Me invadí de unas diminutas pastillas que inhibían el momento más importante de todo mi ciclo: la ovulación, y me daban un rotundo control sobre mi menstruación. Después de tanto, el poder me inundaba y podía decidir cuándo rendirme y cuándo torturarme. Lentamente el estrés dejó de manifestarse en mi cuerpo y con el adiós a los granos llegó la ansiedad a succionarlo todo. Me fui de la casa, me creí mi independencia, estudié sin querer, trabajé sin saber, la angustia por pagar arriendo no ayudó y terminé una y otra vez contorsionando en un baño tratando de meterme una copa que, como mi vida, arañando y escarbando no se solucionaba. Píldora, control, tortura: nunca y ni un sólo día entendí ninguna.  

La esclavitud liberada y el sexo hasta el cielo que soñé me lastimaba y me evaporaba por dentro. Los cólicos eran cada vez más fuertes y en el intento por encontrar la combinación perfecta de progesterona y estrógeno mi ánimo se desbarataba. De una pasta, dos pastas, tres pastas a setecientas treinta  pastas de flujo cervical estorbando a la procreación. Cada vez que confundía a mi cerebro con estas hormonas me negaba a ser cuna. Niego porque puedo, niego porque soy dueña de mi misma, niego porque de otra manera volvería a ser ajena a mí. 

Y obviamente negar una parte inherente de ti no puede ser gratuito. Drospirenona y etinilestradiol, mi primera vez. Duré con esta los cuatro meses que duró mi bolsillo; libertad desatada, poco dolor, poca sangre y en poco tiempo; me la recomienda la hermana de mi novio y no me imagino pagándola cada mes, pero me dejo seducir por los discuros de empoderamiento y sexo todo el día sin bebés.

Levonorgestrel y etinilestradiol, mi corazón roto. Terminé yendo donde una doctora porque, más que revisarme, quería que me recetara todas las tabletas anticonceptivas posibles y casi como una adivina me mandó la píldora estándar que la EPS manejaba. Valía una séptima parte que la anterior. ¿Qué tan mala podría ser? Esta amiguita me acompañó por más de un año y me hizo sufrir muchísimo, un sufrimiento silencioso. Qué molestia en los ojos al leer letra tan chiquita: Cambios de humor, disminución de la libido, depresión; cefalea, migraña; náuseas, vómitos, dolor abdominal; acné; metrorragia, menorragia, sensibilidad en las mamas, dismenorrea; aumento de peso; vaginitis, incluyendo candidiasis; mareos; dolor de las mamas, etc… Estos son algunos de sus casi inevitables y, aunque los vivas, con tanta revoltura en tu cabeza no puedes culpar a la cajita que te ayuda a sobrellevar tu vida atrapada en tu cuerpo.

Dienogest y etinilestradiol, mi ex tóxica. La empecé a comprar por cansancio de todo lo anterior y al pensar que tal vez debía invertir más en mi salud reproductiva. La chica de la farmacia me dijo que era más cara y, por ende, mejor. Ni mis años cuestionándome en la academia se pasaron un segundo por ese momento: de una. Y fue lo mismo pero peor, con la diferencia de que leí la biblia de advertencias y contraindicaciones. Descontrol controlado. ¿Tienes várices? Aumento en el riesgo de sufrir trombosis venosa o arterial. ¿Fumas? Una probabilidad veinte veces mayor de sufrir una enfermedad vascular coronaria. ¿Te dijeron que podían ayudar a desarrollar cáncer de mama, cáncer cervical o tumores hepáticos? ¿Tienes sobrepeso, presión arterial alta, migraña, más de cuarenta años de edad? Ojo. 

¿Sabías que antes de usar cualquier método hormonal debes hacerte un examen de mama y una citología cervical para que a partir de esto se asigne un método muy específico y los efectos secundarios y las posibilidades de riesgo se reduzcan? ¿Te dijeron que si tomas paracetamol, vitamina C o algunos antibióticos con frecuencia puede aumentar considerablemente los efectos secundarios? Es cruel sobretodo cuando en los efectos secundarios más marcados están los cambios de ánimo, depresión, ansiedad y etc hasta el infinito. Setecientas treinta pastillas de desconocimiento y de poder venenoso.  

No sé cómo me siento más ajena, si tomándolas o no. ¿Tanto por tan poco? Menstruo y puedo embarazarme ¿Por qué esto tiene que significar el dolor y el peligro? ¿Cómo es que puedo crear una existencia aún sin entender una pizca de la mía? Por un lado la información que nos dan no se escapa de la necesidad general de controlar un problema de sobrepoblación y estadísticas, y por el otro, hay algo extraño y fuerte en esa sensación de no pertenecerme. Si no controlo la diferencia que tanto me ha envuelto en cohibiciones, si no la odio, si no la oculto y la dopo, me lleno de angustia. Es como si, si no silenciara mi cuerpo de mujer, perpetuara mi incapacidad de encajar en un mundo hecho por y para los hombres. Esto me echó raíz desde que vine al mundo y todos los días lucho arrancándomela.

Recae en mi cuerpo una inmensidad hermosísima: poder sentir y fluir y crear y expulsar y ser vendaval de vida. Quiero entenderme y gritarlo. Quiero poder decidirme sin más silencios, libre. 

 

Club de Escritura

Leer sobre mujeres y maternidad, escribir sobre lo que significa ser mujer y madre en la sociedad actual, hablar con otras mujeres y debatir sobre todo esto es una tarea necesaria cuando se quiere maternar de una forma reflexiva y rebelde. En este club de lectura, leeremos literatura, poesía, cuentos, artículos, biografías.
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