El fogonazo del adiós

Jun 15, 2021 | Blog Personal

Escrito por Magalí Contreras

15 junio, 2021

Cual fogón, estamos rodeando lo que se consume, que esta vez no es madera, sino lo que queda de mi tío. ¿Qué permanece de él además de su cuerpo? Nosotros, los que quedamos vivos, permanecemos ahí todo el día.

Atrás quedaron las luces blancas de la clínica de Palermo y sus calles inundadas para pisar la vereda de casa, en Caballito. Papá frena el auto. Veo las luces naranjas de las balizas titilar y creo que tardo en moverme. No me decido a bajar hasta que lo escucho decir: “Te veo mañana hija”. Miro el reloj que marca las 00.10 y siento una puntada en el estómago. Es la tensión que me abrazó desde que empezó la tormenta y mi papá decidió volver a su casa. “Treinta kilómetros, cuarenta y cinco minutos”, me digo y lo miro. Intenta regalarme una de sus sonrisas tranquilizadoras que hoy funcionan menos que nunca.

Suelto, o se me escapan, unas lágrimas. Quiero gritarle que no se vaya con esta tormenta, que ya perdí al tío (aunque aún le faltan algunas horas por sobrevivir) y que no quiero perderlo a él también. Quiero escupirle todo eso en la cara, y llorar a baldazos con la lluvia. Quiero ser esa nena que se tira al piso a moco tendido porque la vida es demasiado frustrante para comprenderla. Pero solo me limito a decirle casi sin voz que se cuide y que espero ese llamado. Me bajo más rápido de lo que creo y, por tanto temblar, me cuesta meter la llave en la cerradura. Disimulo, y cierro la puerta con una especie de sonrisa para despedirlo. “Treinta kilómetros, cuarenta y cinco minutos”, me recuerdo y respiro. No sé muy bien cuándo fue la última vez que lo hice. ¿Cuánto tiempo se puede contener la respiración?

Me baño lentamente haciendo tiempo para que llegue el aviso de que sobrevivió, de que la tormenta no fue lo suficientemente fuerte para acabar con él en un trágico accidente como mi mente se había figurado durante casi todo el camino de la clínica a casa. “01.08 : Ya adentro”, me avisa el celular sobre la mesa de luz. Respiro y me duermo. Y ahora sé que treinta kilómetros, lo que dura un viaje, es lo que se puede contener la respiración.

Se cuela la luz por las hendijas de la persiana, me levanto de un salto de la cama, chequeo el celular y, sin llamadas perdidas, me visto y salgo, a paso pesado, para el tan pisado barrio de Palermo. Me subo al 15 que, como siempre, viene apelmazado de gente. Cuerpos pegoteados de humedad, luces en las pantallas de los celulares enfocando miradas perdidas que buscan calmar la ansiedad de un viaje que siempre es largo, que siempre se acompaña de bocinazos y demoras para cruzar la ciudad. Y ahí estoy yo, un cuerpo más, esperando llegar.

Me bajo, camino las cinco cuadras y veo la silueta de D, mi primo, que esboza una mueca al verme y me nombra, presentándome frente al grupo que, asumo, son sus amigos. Me pone nombre como si sirviera de algo hacerme presente allí. Entro menos titubeante que ayer a casa y me encuentro con más de los nuestro: mi mamá, la tía, mi hermano, otro tío y sus hijas. Me sonrío porque acabo de caer en la cuenta que hace un mes nos estamos viendo todos los días. El pasillo de la clínica se convirtió en un punto de encuentro, en ese rincón familiar.

Cual fogón, estamos rodeando lo que se consume, que esta vez no es madera, sino lo que queda de mi tío. ¿Qué permanece de él además de su cuerpo? Nosotros, los que quedamos vivos, permanecemos ahí todo el día. Entramos, salimos, traemos café, cebamos un mate, llevamos a D y a mi tía a que coman, y nos ocupamos religiosamente de que sus necesidades básicas estén cubiertas, que no tengan ni que pensar. 

A veces me pregunto si sirve tanto malabar sabiendo que, al fin y al cabo, las pelotas caen y el show se termina. Sabiendo que va a llegar el día en que regresen a casa y cada acción cotidiana se convierta en el recordatorio constante de una ausencia. En una cama vacía, en un placard lleno de ropa intacta, en un cepillo de dientes abandonado. Pero ahí seguimos, los vivos.

Miro a D. Está la mayor parte del tiempo con la mirada triste aunque cada tanto se le escapa una especie de sonrisa, en especial ante algún chiste que larga mi otro tío. Llega mi papá y me devuelve una mirada cómplice. Él sabe que anoche me inundé por dentro. Sonreímos. Hay algo del dolor común que nos hace sentirnos cerca. 

Entro a ver a mi tío a una habitación que todavía está cálida con tantas personas entrando y saliendo. El ruido muchas veces se convierte en compañía. Lo miro, está dormido, ya casi no se mueve, escucho el sonido del respirador, le toco la mano. Hace dos semanas estuvimos ahí, o en otra habitación igual a esta, compartiendo palabras cruzadas, hablando de la lentitud del tiempo para el que está internado y cómo los días se miden con los horarios del almuerzo, el té y la cena. El respirador vendría después, a marcar un fuera de tiempo. Palabras cruzadas, cuando hicimos zapping en la aburrida tele de cable de las tres de la tarde, esperando juntos la merienda que llegaba a las dieciséis. Palabras cruzadas. Palabras que ahora no salen de mi boca porque no hay con quien cruzarlas. ¿Acaso ya nos despedimos?

Escucho unos pasos, me doy vuelta y es mi mamá, con esa boca tensa que da cuenta que se está mordiendo la lengua para intentar tragar la angustia de perder a su hermano. La veo y la quiero abrazar como si fuera una nena chiquita a quien podría envolver en mis brazos. La veo tan frágil y quisiera poder evitarle toda esta tristeza. Pero no podemos tocarnos porque nos derrumbamos. No hay manera de evitarle esta tormenta, y tampoco de evitarme pensar que podría ser ella la de la cama.

Miro hacia abajo, sabiendo que es la mejor maniobra que puedo hacer para sostenerla, para sostenerme. Así de frágil se está en medio de una despedida. Y todavía no quiero caer. No sé bien qué despido, qué de mí se va apagando. Quiero estar acá, al lado del tío, al lado de su mujer, al lado de D, con todos, en este fogón del adiós, que es triste, pero nos da algo de calor. Aún estamos prendidos.

Este texto fue escrito en el marco del Club de lectura y escritura de La mala mamá. Si quieres unirte, da clic aquí

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