El mito de la mamá que no se enoja

May 24, 2021 | Otras Voces

A las madres constantemente nos dicen que no nos enojemos, ¿pero qué hay detrás de ese mandato de la agradabilidad? ¿Es posible ser la mamá que nunca se enoja? En este artículo, Tatiana Duque -creadora de @lainsumisa, periodista con enfoque de género y mamá de Luciana- reflexiona sobre cómo a las mujeres y madres se nos ha reprimido y penalizado la rabia, que en últimas es una emoción tan humana como la misma felicidad.

Escrito por Tatiana Duque

24 mayo, 2021

Desde que soy madre he tenido un deseo constante y no cumplido de ser la mamá que no se enoja. Muchas veces, se me vienen a la mente mujeres sin rostro, siempre amorosas y pacientes, aun en los momentos límite con sus hijxs, esas madres que en lugar de enojarse lxs abrazan, dicen que les comprenden y esperan con paciencia a que se calmen y hagan lo que se le pidió, todo esto sin perder en ningún momento la compostura. 

Me pasa que en ocasiones no sé manejar los desbordes de mi hija ni tengo la palabra indicada para acompañarla. Hay días en los que tengo la paciencia corta o la mente agotada y me molesto, me enojo, le hablo fuerte y le ordeno. Otros en los que quiero llorar de impaciencia y guardo un silencio reprobatorio que ella entiende. También están esos días en los que logro el equilibrio, y, entonces, hablamos, le explico y me escucha, y si no me escucha, soy capaz de darle su espacio.

En todo caso, la lucha interna por ser esa mamá comprensiva y paciente todo el tiempo no siempre consigue ganar la batalla. 

Soraya Chemaly, autora de Enfurecidas. Reivindicar el poder de la ira femenina, cuenta que, cuando tenía 15 años, llegó a su casa y encontró a su madre en la cocina frente a una montaña de platos sucios. De pronto, su mamá comenzó a tirarlos “como si fueran platos voladores”. Cuando terminó de quebrar todos los platos, suspiró y, tranquila, le preguntó a Soraya cómo había estado su día. 

Esta historia me hace cuestionar cómo desde niñas entendemos que la ira en las mujeres es muda y aislante. Se trata de una expresión de un momento límite que puede ser destructiva porque el silenciamiento constante de la rabia, la acumulación de un malestar tras otro, la pesadez en el pecho y el nudo en la garganta, necesitan una salida.

No me imagino ni quiero ese lugar donde solo hay represión emocional: “Serás mala mamá, si te enojas”, “serás mala mamá, si le gritas a tu hijx”, “serás mala mamá, si tienes un momento de explosión”, “serás mala mamá, no importa lo que hagas, y sólo tú serás responsable”.

He decidido no cumplir el mandato de la madre perfecta que nunca se enoja aun cuando implique reprobación incluso de otras madres. 

Hace poco hablábamos en uno de los talleres que realizo junto a Mujeres que no fueron tapa, sobre hackeo de estereotipos, acerca de cómo las mujeres somos socializadas para el amor, la sumisión, la escucha y el silencio. Y la manera en que características como la sagacidad, la suspicacia, el auto reconocimiento y la voz propia tienen un alto valor social y cultural en los varones y una alta reprobación en las mujeres. “Esa socialización nos lleva a la ingenuidad ”, dijo Lala Pasquinelli, mi compañera de taller, y la ingenuidad lleva a la vulnerabilidad.

Nadie nos enseñó a gestionar la vulnerabilidad e incluso terminamos creyendo que ser vulnerables es algo “malo”, cuando en realidad esta sensación puede ser un espacio amoroso si tenemos las herramientas para resistir desde ese lugar, de otra forma podría tragarnos vivas. A mi me ha tragado viva más de una vez. En parte porque me ha costado tiempo y vida aprender a gestionar mi vulnerabilidad y emociones (y aún me falta) y, en parte, porque no siempre  encontré un otrx con quién validar lo que me sucedía.

Desde que soy madre pienso mucho en mi niñez, aunque no recuerdo mucho de mi infancia. Algunos flashback vienen a mi como fotografías analógicas desgastadas con el tiempo: fotografías de un cumpleaños en el que vinieron a casa mis tíos y comimos torta de chocolate; de uno que otro regaño; de juegos con mi hermano. Y fotografías con recuerdos vacíos que intento rememorar.

Intuyo que dar vida y criar es extender un cordón umbilical hasta el momento en el que fuimos niñas. Ahora pensamos más en nuestras vivencias, nuestros vínculos, nuestros momentos felices y no tan felices, nuestros deseos y sueños, en los juegos, lxs amigxs, el amor y, por supuesto, la represión.

Lo que más recuerdo de mi infancia es que mi carácter no fue, por decirlo de alguna manera, de buen agrado para mi familia. Desde pequeña se me criticó el hecho de que fuese “malhumorada”, esto porque no tenía la capacidad de disimular mi molestia ni era la niña sonriente y complaciente que genera ternura. Yo era, más bien, la niña retraída y callada que provoca un rechazo inexplicable. Recuerdo las quejas que conocidos y familiares le hacían a mi mamá por mi antipatía.

Hoy me pregunto: ¿qué entendían ellxs por simpatía? Quizá esa forma en que me veían era el producto de sus prejuicios estereotipados de lo que debe ser “una niña”, más que un rasgo definitorio de mi personalidad. La realidad es que todo era muy confuso: no me permitían la vulnerabilidad pero tampoco la tenacidad. Pude entender qué pasaba tiempo después: fue más fácil para mí armarme que liberarme, no sin antes programar una alarma que me advertía constantemente que expresar lo que sentía me llevaba a un lugar de señalamiento que no quería ocupar.

Es por eso que ante la rabia, ira, tristeza y dolor callaba, porque ni siquiera era capaz de verbalizar mis emociones sin sentir que empeoraba la situación. 

En ese entonces, la expresión de enojo y molestia trajo consigo la reprobación social: la imagen de mujer histérica de la que todas huimos para no ser rechazadas por nuestra aspiración romántica del momento. Porque más vale ser una mujer dulce que con carácter: “Nadie se aguanta a una cantaletosa”, nos dicen.

Con la juntanza feminista entendí que, en realidad, la mayoría de nosotras ha vivido situaciones en las que nuestro enojo es abiertamente ninguneado. No tenemos derecho a la rabia, pues esta es una emoción permitida exclusivamente al varón por lo tanto el enojo en nosotras es asumido como un desborde de emocionalidad: es inmediatamente interpretado como una exageración. 

La penalización del enojo en las mujeres aparece también como un señalamiento a la mujer que materna. Y aunque nadie me lo ha dicho directamente, mi “yo patriarcal” internalizado me recuerda que el enojo no me es permitido porque materno y que si me dejo llevar le haré un daño irreparable a mi hija, quién contará angustiada a su terapeuta el dolor causado por una palabra mal dicha en un mal momento.

La escena es de película y me la imagino tan real que me aterra la idea de que ocurra.  La aparición de la mala madre me persigue como un fantasma que se concreta cuando no cumplo con el manual y que me convierte ante los demás, y ante mi misma, en una monstrua.

¿Pero en realidad soy una monstrua? ¿Acaso no es el enojo una emoción humana? Y es que cuando hablo de enojo, no hablo de violencia, porque la expresión de rabia no tiene sentido si reproduzco el mandato patriarcal de la opresión. Hablo, más bien, del enojo que surge de la frustración normal en la crianza de un ser humanx, del proceso de aprendizaje en el que no siempre entiendo a la primera, de los momentos en los estoy agotada y no encuentro feedback del otro lado.  

Pero desde todos los frentes nos dicen otra cosa: que la maternidad es lo que mejor que nos puede pasar, y que sentirse mal o triste o frustrada es la evidencia de lo malagradecidas que somos.

Hablemos de la cultura masiva que a través de todos sus dispositivos también tiene su cuota en este imaginario, porque son innumerables las publicidades y películas donde el personaje femenino que encarna a una madre está puesto para acompañar y atender las necesidades de lxs protagonistas. Ese personaje, caracterizado por el sacrificio y el amor incondicional, puede pasar de ser minusvalorada a violentada y aún así sostener su valor en la narrativa gracias al aguante y al hecho de ser madre a pesar de todo.

Pienso mucho en Betty Draper o en Helen Smith, también en las series de los 90´s de ángeles del hogar amorosas y entregadas. Pienso en mi historia y en la historia de mis abuelas. Esas donde la paternidad es un agujero negro. 

De la cineasta Amparo Aguilar, realizadora del documental Malamadre, leí que aunque la categorización de la mala madre se construye con el señalamiento que se hace desde afuera, el castigo también surge en nosotras: “El sentimiento de ser una ‘mala madre’ se te arma -afirma- sobre todo cuando no tenés con quién contrastar que eso que te está pasando es algo que puede pasar, y que encima es común”. 

Sentir, hablar, verbalizar, compartir y contrastar. Sobre todo contrastar con otras mujeres que validen lo que nos pasa, ya sea porque desde la identificación o desde la empatía pueden comprender lo que significa. Y de contrastar surge quizá el respiro y el abrazo en saber que no somos capaces con todo y que está bien porque, de hecho, “no poder” siempre es humano.

Esto me lleva justamente al último episodio de la segunda temporada de La mala mamá podcast, donde soy coanfitriona, en el que tuvimos a la psicoanalista Magalí Contreras como invitada. Magalí nos explicó cómo maternar hace parte de admitir nuestra propia limitación y cómo aceptarlo es un acto responsable y amoroso.

La falla es parte de ser madre y en ese camino entendemos que hay una realidad, una espera, una presencia. 

No creo que sentir enojo haga parte de la falla, creo que hace parte de mi humanidad. Y para lograr gestionarlo, primero aprendo a reconocerlo, sin temerlo o ignorarlo. No es fácil, porque la mirada androcéntrica de nuestras experiencias limita la forma de expresar aquellas emociones que nos han sido históricamente arrebatadas a través del silenciamiento de nuestras voces.

¿Pero acaso no es la rabia una emoción como lo es la alegría? ¿Qué tal si en lugar de enseñarnos a las mujeres a reprimirla y a los hombres a expresarla a través de la violencia nos enseñan a gestionarla?

Compartir mi sentir me ha dado herramientas para entender que el enojo es normal y que no me hace mala madre. El enojo es una emoción humana. No es buena o mala. Cuando pienso en la culpa que me genera no ser la mamá que no se enoja me recuerdo que soy una ser humana y que así quiero mostrarme ante mi hija. No quiero que mi hija asuma la rabia como muda, aislante o destructiva. No quiero que sienta la necesidad de suprimirla. Deseo que aprendamos a gestionarla juntas y que comprendamos que la rabia nos moviliza, todo el tiempo, a resistir.

Si quieres profundizar en la maternidad feminista, te invitamos a inscribirte al taller online de Maternidades Imperfectas, el cual comenzará próximamente.

 

Tatiana Duque

Periodista con enfoque de género. Feminista. Abolicionista. Mamá.
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