¿Existe la mala madre?

Ago 30, 2020 | Blog Personal

Escrito por María Fernanda Cardona

30 agosto, 2020

¿Qué pasa cuando la mala madre deja de ser una forma de transitar la incomodidad natural y propia de la maternidad y se convierte en un arquetipo más que nos cohíbe? 

Mi hijo solo tenía mes y medio cuando decidí llamarme “la mala mamá”. Ignoraba el movimiento de “malas madres” y no me había cuestionado los arquetipos que rondan nuestra cotidianidad: “la buena madre”, “la madre perfecta”, “la madre sacrificada”, y la contraposición de todas estas: “la mala madre”. La decisión de nombrarme así fue, si se quiere, instintiva: me sentía agobiada por todas las expectativas en torno a mi maternidad. 

Que si sentía amor infinito por mi hijo. Que si él era lo más hermoso que había visto en mi vida. Que si ahora conocía la felicidad. Que lo estaba haciendo mal porque no sentía todo eso. Que lo malcriaba porque le daba teta a libre demanda, dormía con nosotrxs, no lo dejaba llorar solo. Para mi entorno estaba criando un niñx dependiente, de esos que cuando son adultxs no son capaces de escoger entre dos tipos de zapatos sin llamar primero a la mamá (eso me lo dijo una “psicóloga”). 

La culpa y el no sentirme lo suficientemente buena para mi hijo eran sensaciones que dominaban mis primeros meses. Se trataba de un malestar que me hacía llorar al sentir que me había equivocado y que inevitablemente mi hijo iba a sufrir por no tener la mamá que él merecía. 

Ese malestar lo transité reconociéndome en mis carencias y vulnerabilidades. La mala mamá fue mi forma de reaccionar a esos ideales de maternidad perfecta, de darles una patada y gritarles: “no más”. Sin embargo, no había un cuestionamiento profundo sobre las estructuras que nos oprimen, las violencias que vivimos, los arquetipos tóxicos e inalcanzables de la maternidad y sobre la misma existencia de malas madres. ¿Y es que las malas madres existimos? Incluso nos podríamos preguntar, ¿qué es una mala madre?

Mi definición sobre la mala madre ha cambiado en mis 16 meses de maternidad. Mi maternaje ha transformado la forma en que veo este arquetipo: de la misma manera que ya no creo en la “buena madre” tampoco creo en “la mala madre”. Decir que hay mamás mejores o peores que otras, es ignorar que casi todas hacemos lo que podemos con lo que tenemos, que somos distintas, que a algunas se nos facilita o dificulta aspectos de la maternidad y crianza que a otras no. Es ignorar que hay muchas formas de ser mamá y que “la mala madre” vista acríticamente también puede convertirse en un ideal tóxico, totalizante y culpabilizador.

¿Qué pasa cuando la mala madre se nos aparece como un ideal de rebeldía que tal vez no queramos o consigamos ser? ¿Qué pasa cuando nos dicen que las malas madres son independientes, autónomas, no sacrificadas y libres, pero que tal vez nosotras hagamos algunos sacrificios por nuestrxs hijxs, no creamos en la libertad como independencia económica e individualismo capitalista, y sintamos, en pocas palabras, que ese ideal de mala madre tampoco nos representa? ¿Qué pasa cuando la mala madre deja de ser una forma de transitar la incomodidad natural y propia de la maternidad y se convierte en un arquetipo más que nos cohíbe? 

Cuando eso sucede las que nos llamamos malas madres estamos siendo igual de violentas que las buenas madres y la misma maternidad patriarcal. Sigo amando el nombre “mala mamá”; me gusta porque ahí encontré refugio ante lo que otrxs esperan de mí y de mis propias expectativas de maternidad. Pero la verdad es que no soy una mamá sacrificada, aunque tampoco una que deja de hacer cosas que otrxs podrían llamar sacrificio porque me incomoda, como la lactancia. No soy enteramente rebelde ni independiente ni liberal. No siempre me pongo de primera y muchas veces hago cosas que me gustaría no hacer. 

La mala madre ideal, pura, no existe (cabe aclarar que estamos hablando de mamás que no violentan física ni psicológicamente a lxs hijxs). Más bien existimos madres que cuestionamos cómo maternamos, criamos y habitamos el mundo. Que tenemos malestares e incomodidades y que al mismo tiempo amamos y cuidamos a nuestrxs hijxs. Que nos rebelamos, como podemos, contra un sistema que nos violenta, oprime y no nos deja maternar como nos gustaría. 

La maternidad ideal, plena, lineal es un dogma. Y es por eso que las que decidimos nombrarnos malas madres no podemos caer en la trampa de definiciones rígidas y categorías inflexibles. Somos las madres que podemos ser y eso está bien. 

 

Escrito por María Fernanda Cardona

30 agosto, 2020
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