¿La culpa es de las madres? Breve análisis de la culpa en la maternidad

Abr 6, 2021 | Blog Personal

Escrito por María Fernanda Cardona

6 abril, 2021
La culpa materna
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Alguna vez escuché a alguien decir -no recuerdo a quién- que cuando nace un hijx, nace una madre y, con ellxs, la sensación de ser insuficientes, malas y perversas. La idea de que no lo estamos haciendo bien, que podríamos tomar mejores decisiones o que no merecemos a nuestrxs hijxs, nos acompaña como lo hace la pulsera de tobillo con quienes tienen casa por cárcel. Puede sonar exagerada la comparación, pero si lo pensamos bien, a veces nos sentimos -y nos hacen sentir- como delincuentes que deben ser controladas porque sin el monitoreo paternalista quién sabe qué sería de nuestrxs hijxs. No obstante, a diferencia de esos presos, a nosotras no nos controlan con una pulsera en el tobillo sino con algo mucho más potente, efectivo y sutil: la culpa.
 
Aunque la culpa es una constante cuando somos madres, en mi maternidad, hasta ahora, ha habido dos momentos donde esta sensación tan dolorosa casi se queda a vivir: el primero fue cuando Nicolás nació y ni el amor a primera vista ni el instinto materno aparecieron. Me sentí con una falla de fábrica. ¿Cómo era posible que yo no sintiera ese amor desbordado por mi hijx del que me había hablado mi mamá pocos días antes? “Mafe, no te preocupes, todo se va a dar naturalmente”, me dijo ella, con buena intención, cuando le comenté el miedo de no vincularme con mi bebé. “Todas las madres amamos a nuestrxs hijxs”, me repetía ella para darme ánimo.
 
Pero con Nico en mis brazos me sentía perdida porque no entendía qué pasaba y no estaba preparada para que el postparto no fuera ese de color rosa que nos venden los medios de comunicación. Recuerdo que Taliana Vargas –la exreina y actriz colombiana- había acabado de parir y sus fotografías de Instagram expresaban tanta felicidad, calma y mimetismo con su hija, que yo me ponía a llorar. Deseaba ser como ella. Deseaba amar a mi hijo como ella amaba a la suya. Deseaba tener la capacidad de perderme en la maternidad y lograr esa diada perfecta, como María y el Niño Jesús. Federico no sabía lo que me pasaba porque yo no era capaz de decirlo en voz alta. Él solo veía que yo intentaba dar la teta aun con mis pezones llenos de sangre porque, para mí, esa era una forma de vincularme con Nicolás. O, tal vez, de pagar con sangre y dolor el no sentirme eternamente enamorada, así como nos dicta el mandato.

La segunda vez que sentí una culpa casi paralizante fue cuando, con Federico, le enseñamos a Nicolás a dormir toda la noche. Nico tenía siete meses y la recomendación (casi orden) de las expertas en crianza respetuosa -varias de ellas entrevistadas de la primera temporada del podcast– era simple pero impracticable en mi vida: “A los bebés no se les enseña a dormir porque les genera traumas y van a sufrir de depresión y ansiedad. Hay que esperar hasta que tengan seis años para que duerman toda la noche. Mejor hagan colecho”, decían.

Yo me repetía esto todas las noches e intentaba aferrarme a que lo “natural” era mejor. Sin embargo, lo que estaba logrando con el colecho, las mil tomas nocturnas y esa espera infinita a que Nico creciera, era una maternidad arrepentida. Me sentía cansada, esclava, a merced de las necesidades de otro y totalmente relegada. Me sentía frágil mentalmente y, como estaba haciendo mi maestría, las consecuencias de no dormir se reflejaban en mi concentración y notas. Fue por eso que con Fede decidimos contratar una sleep coach y romper el mandamiento de la crianza respetuosa hegemónica. Sin entrar en detalles sobre cómo hicimos el proceso, fue un éxito. Nico empezó a dormir 10 horas seguidas, a hacer tres siestas al día y Fede, Nico y yo dejamos de querernos sacar los ojos en todo momento.

Pero aun cuando sabía que habíamos hecho lo mejor para nuestra familia, la culpa no me dejaba en paz. ¿Estoy haciendo sufrir a mi hijo? ¿Si tiene problemas de salud mental va a ser mi culpa? ¿Por qué no fui más fuerte y aguanté y me sacrifiqué por su bien? Y como respuesta aparecían las frases prehechas de las expertas en crianza: “La madre debe hacer todo por su hijx”. “Las madres y padres que enseñan a dormir toda la noche son maltratadores”. “Quien respeta lo natural quiere lo mejor para su bebé”.

Entre tanta culpa, desesperación, pero también alegría porque dormía mejor, me apoyé en Leidy Gómez (de @educandoenamor), quien me explicó amorosamente que el tema del sueño -y todo lo natural como absoluto- no era cómo me lo habían contado y que nunca sabremos cómo serán nuestrxs hijxs hasta que crezcan ya que ellxs no son un producto que se termina “bien” si se siguen determinados pasos. También fue en este momento cuando me di cuenta de cómo la culpa se usa para que sigamos los mandatos de lo que dependiendo del lugar, la época y el contexto significa una “buena” madre.

Recuerdo que un par de meses antes de que le enseñaramos a Nico a dormir toda la noche, una asesora de crianza consciente me había dicho que la culpa no era mala porque nos hacía reencauzar el camino cuando estábamos haciendo algo mal. En otras palabras, la culpa era necesaria porque sin ella quién sabe qué madres seríamos. Ante esto, podríamos preguntarnos: ¿por qué se glorifica la culpa como una forma adecuada de orientar nuestras acciones? ¿Cuál es el origen de la culpa? ¿La culpa es la única manera de hacernos responsables de nuestra forma de criar y vivir?

Lo primero para tener en cuenta para tratar de responder estas preguntas es que la culpa es un mecanismo de control característico de la sociedad patriarcal. Cómo leí hace poco en un artículo, históricamente las mujeres hemos sido culpables de todo: de Eva ser expulsadxs del paraíso, de Helena la Guerra de Troya, de Yoko Ono la separación de The Beatles y fue y es culpa de nosotras que nos agredan, violenten y asesinen por hablar duro, ponernos faldas y no aceptar agresiones verbales disfrazadas de piropos -como pasó hace poco en Colombia-.

Y en la crianza, es culpa de las madres si nuestrxs hijxs no son lo que la sociedad espera de ellxs. La culpa, por supuesto, no es del padre -ya que a vista de todxs no es necesario que se involucre en la crianza y si lo hace se ve como un plus– ni de la sociedad que no cumple su función de red de apoyo ni del Estado que no tiene políticas que nos protejan. No, es nuestra culpa por no ser buenas madres.

Esa culpa histórica que cargamos las mujeres, se explica, en parte, porque en nuestras sociedades la tradición judeocristiana es una gran influencia, la mujer está supeditada al hombre y la feminidad es equivalente a la maternidad, pero no a cualquier tipo, sino a la maternidad patriarcal. Y así, con la culpa, nos controlan para que seamos -o busquemos ser- parecidas a la Virgen María. Ella representa el arquetipo de madre perfecta. Como plantea Esther Vivas, con el marianismo se logró sustituir la adoración a las distintas diosas y encarnar en una sola mujer lo que se desea de nosotras: que seamos esposas, hijas y madres, monógamas, sacrificadas, esclavas de un varón que, a nuestros ojos, debe ser visto y tratado como un dios.

Es por esto que la culpa tiene su origen inmediato en no cumplir ese tipo de mujer y madre. Pero no porque haya algo mal dentro de nosotras sino porque son arquetipos imposibles de alcanzar. Nos podemos parecer, por supuesto, pero nunca seremos la Virgen María encarnada o la Super mamá (ideal que surge de la unión entre capitalismo y patriarcado y que nos exige que seamos como la Vírgen María y, además, productivas económicamente) y el no serlo siempre nos traerá la sensación de culpa que creemos que nace cuando nos convertimos en madres, pero que, en realidad, no la parimos porque no es nuestra. Aparentemente siempre somos las responsables de no “llegar a”, sin embargo la culpa surge de un sistema estructuralmente opresivo con las mujeres. Entender esto, para mí, fue liberador.

Quizá la culpa nunca nos abandone porque fuimos socializadas por siglos para sentirla. Porque cuando una mujer rompe lo que es ser correcta o buena es continuamente castigada. Mucho más de lo que lo son los hombres. A ellos se les perdona más fácil y, aun cuando pueden sentir culpa, la dejan ir mucho más rápido que nosotras. Fede, por ejemplo, no siente culpa cuando Nico ve dos horas seguidas televisión o come algún dulce o se le quema la cola. Fede no sintió culpa cuando le enseñamos a dormir toda la noche ni cuando le gritamos desesperadxs que por favor dejara de llorar a las tres de la mañana. Fede no la siente tanto como yo porque en ellxs opera distinto, sobre todo en un campo como el del cuidado de lxs hijxs que ha sido casi exclusivo de las mujeres.

Tal vez lo mejor que podemos hacer es aceptar que la culpa existe, que no deberíamos evadirla y que hay que transitarla. Por lo menos esto me ha servido a mí. Personalmente, no me gusta el mandato de “maternidad libre de culpas” porque, por un lado, no la siento posible, y, por el otro, me ha generado, paradójicamente, más sensación de culpa: la de no estar lo suficientemente deconstruida para que no aparezca. Prefiero aceptar que está aquí, y que no la puedo -ni quiero- evadir. Enfrentarla es duro, pero cada vez logro dejarla ir con más facilidad. Me sirve preguntarme ¿qué me molesta tanto? ¿Por qué siento culpa? ¿Cuál es su origen? Y respondiendo esto, normalmente me doy cuenta que nace de una idea preestablecida de lo que hace una buena madre o una buena mujer y que yo no hago o no lo hago a un nivel de fanatismo absurdo. 

Es en este punto donde entiendo que la culpa no me pertenece y es patriarcal.

Como en Instagram la cuenta de @lamalamamapodcast llegó a las 15.000 seguidoras (en femenino porque somos mayoría), quiero invitarlas a celebrar en un encuentro vía zoom para hablar de la culpa en la maternidad.

No es un espacio terapéutico (porque no soy psicóloga -esto es muy importante que lo tengan en cuenta-) pero sí catártico. Cuando te inscribas, te enviaré una bibliografía muy corta sobre este tema para que en el encuentro hablemos y entre todas nos abracemos.

Si quieres participar en un espacio seguro y catártico para hablar de la culpa materna, inscríbete aquí.

Es gratuito.

Fecha: Sábado 17 de abril.
Hora: 10:30 am hora Colombia.
Duración: Una hora y media

Inscríbete aquí 

Escrito por María Fernanda Cardona

6 abril, 2021
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