Llegar al feminismo fue darme cuenta que mi historia era también la de otras

Abr 15, 2020 | Otras Voces

La toto mai es una sobreviviente. Ella llegó al feminismo por una suerte de eventos desafortunados que van desde la violencia ejercida por su ex pareja hasta su maternidad y la certeza de que debía salir de ahí por su hijo. ¿Cómo el feminismo nos puede ayudar a renacer? Aquí, Diana, te lo cuenta.

Escrito por Diana Ibagón

15 abril, 2020

¿Tal como celebramos un cumpleaños, una graduación, o un aniversario, sería posible festejar en una fecha en particular el renacimiento de una mujer que se reconoce feminista? Es probable que no, o quizás ese no sea mi caso, pues mi llegada al feminismo no se remonta a un día en particular sino más bien a una necesidad, la de comprender mi propia historia.

Soy Comunicadora Social y mi primer trabajo hace ocho años, fue promover el empoderamiento de mujeres campesinas en el sur del Tolima. En ese momento, sentía que tenía todo lo necesario para asumir el desafío. Me sabía la teoría al pie de la letra y estaba convencida de que, ante el primer asomo de violencia, las mujeres estábamos en la plena capacidad de abandonar cualquier entorno. La vida más tarde me enseñaría que los círculos de violencia no funcionan de esa manera.

Durante casi tres años trabajé en el ámbito social. Después de estar en campo, pasé a la formulación de proyectos, donde era maravilloso estructurar planes para aportar al mejoramiento de las condiciones de vida de las comunidades más vulnerables y entre ellas, por supuesto, las mujeres. Y aquí es importante recordar algo que como sociedad preferimos ignorar: no todas las personas tienen garantizados sus derechos. De hecho, en la mayoría de casos, la coexistencia con formas de discriminación como el género, la etnia, la edad, la identidad de género, la orientación sexual, la situación económica, o todas juntas, aumenta el peso de las desigualdades y la vulneración de los derechos.

Por supuesto, hasta ese momento, todo lo dicho hasta aquí lo podía recitar como una lección aprendida entre lo que me dictaba la bibliografía y lo que había aprendido en campo. Sin embargo, mi propia historia, tocó a mi puerta hace casi cinco años cuando empecé a salir con el que creí mi “alma gemela”.

Al principio todo pasaba por mis ojos en tonos pasteles. Claro, las señales estuvieron allí todo el tiempo, pero tenía tan configurado en mi cabeza el mito del amor romántico, que pasaba por alto las dinámicas violentas -cada vez más frecuentes- que empezaron a envolver la relación: No voy a salir contigo si no te cambias esa blusa. ¿Por qué no contestas de inmediato mis mensajes? ¿Quieres preocuparme? Ese tipo en la calle te está mirando, ¿es que acaso lo conoces? Todo el tiempo estás haciendo que me enoje. ¿Por qué te demoraste tanto en el baño? ¿Estabas hablando con el mesero? ¿Por qué no me llevaste a esa reunión de trabajo? ¿Es que acaso no me amas?

Sus comportamientos me agobiaban tanto que dejé de usar la ropa que no le gustaba, dormía con el celular en la almohada, y evitaba conversar con cualquier persona cuando salíamos juntos. No quería enojarle pues, según él, sus comportamientos desproporcionados eran culpa de sus ex parejas, quienes lo habían hecho sufrir tanto que tenía miedo de que yo le hiciera lo mismo. Yo que estaba convencida de que el amor era omnipotente, siempre me proponía brindarle tanta comprensión y amor como me fuese posible, incluso a pesar de mí misma.

Con el pasar del tiempo, mi visión de todo cuanto ocurría se hizo cada vez más difusa, tanto así que cuando empezó a empujarme contra las paredes del apartamento que compartíamos, yo terminaba entre lágrimas creyendo que no estaba haciendo lo suficiente. Que seguro debía amarlo más, callar más, comprenderlo más, y así, solo así, nuestra casa no sería un recinto de dolor y desesperanza para mí y nuestro hijo, quien para entonces ya crecía en mi vientre.

Durante un par de años me perdí. De la mujer que defendía el amor propio como barrera ante el machismo, no quedaba nada. Toda la bibliografía parecía confusa cuando se trataba de vivir en carne propia lo que a “las otras” les pasaba. De nada valió mi formación académica, mi experiencia profesional, las arengas que pregoné alguna vez durante las marchas estudiantiles, o los consejos que otrora les daba a mis amigas. Incluso, cuando su mano fría me tomó del cuello y estuvo a punto de extinguir mi respiración, fui incapaz de ser consciente de mi realidad.

Nadie supo nada en aquel momento. A nadie le conté lo que ocurría al interior de esas cuatro paredes. Poco a poco me fui distanciando de todas y todos, al punto en que el mundo allá afuera llegó a ser totalmente ajeno para mí.

¿En esta parte de la historia llegué al feminismo? No, en este punto yo era una sombra difusa de la Diana que algún día fui. No dormía bien, respiraba en automático, y esa vida que ya no era mía, transcurría cada día en tono gris. Solo fui capaz de cruzar la puerta de salida cuando fui consciente de que ese hoyo negro de violencia un día sería tan atroz, que envolvería también a mi hijo; cuando tomé la decisión de que sus manitos diminutas no seguirían limpiando mis lágrimas.

Sé que muchas mujeres en el mundo no cuentan con una red de apoyo dispuesta a brindarles contención a ellas y a sus hijos e hijas cuando deciden abandonar la madriguera del salvaje. Sin embargo, en mi caso, tuve la posibilidad de volver con mi hijo de dos años a casa de mis padres. Tuve también la fortuna de obtener un empleo, el cual me había sido totalmente esquivo luego de quedar embarazada, porque ¿adivinen qué? Para las mujeres el mundo laboral se transforma en territorio hostil después de que parimos, y mucho más aún si somos madres cabeza de hogar. Como no, si el sistema necesita a personas que vivan en función de su trabajo y las madres no cumplimos a cabalidad ese rol. ¿Cómo hacerlo si tenemos a cargo la responsabilidad de dos vidas? La de nuestros hijos e hijas y la nuestra –que ¡oh sorpresa! también cuenta-.

¿Y fue entonces cuando llegué al feminismo? Algo así. En el proceso de tomar nuevamente las riendas de mi vida, el segundo paso que di fue aceptar lo que hasta entonces me había negado a comprender. Que las mujeres víctimas de violencia de género, no son “las otras”, soy yo, somos nosotras. Que, cuando coexistimos siendo el blanco de todo tipo de maltratos, no abandonamos esta realidad por falta de voluntad sino porque nuestro inconsciente lleva años normalizando todo tipo de actos violentos en razón de nuestro género, y porque, además, la violencia psicológica es la primera que opera en nuestra cabeza haciéndonos sentir microscópicas, lo que, en definitiva, deja listo el camino para el averno que casi siempre llega después.

Así que no, no es normal que nos acosen en la calle, en el transporte público o en el trabajo, que utilicen la menstruación para invalidar nuestros estados emocionales, que se socialice desde la creencia de que las labores domésticas y de cuidado son inherentes a la vagina, y ¿qué tienen en la cabeza aquellos que preguntan cómo iba vestida una mujer cuando fue violada? No es normal que debamos dejar de lado nuestras aspiraciones laborales cuando somos madres, tampoco que seamos hostigadas cuando amamantamos en la calle. No es normal que el liderazgo de una mujer sea juzgado con sospecha, ni lo es que nos enseñen desde pequeñas a desconocer nuestras voces. Tampoco que nos preparen para aguantarlo todo a cambio de nada, y menos aún que nos digan que los feminicidios no existen.

Fue en medio de estas y otras reflexiones que me encontré a mí misma y empecé a recorrer con los ojos bien abiertos, un nuevo camino de la mano de mi hijo. Al fin y al cabo, cuando abracé mi historia y en ella me encontré con otras mujeres, el feminismo me permitió dudar de la “normalidad” que subyace en las desigualdades, y buscar la voz que siendo una niña había olvidado.

Ahora no habito el mundo como aquella sombra. Ahora puedo ver nuevos colores. El feminismo me ha dado la posibilidad de renacer.

Diana Ibagón

MaternidadesLibresDeViolencias 💜 Mamá. Feminista. 🐺 Comunicadora Social. Narradora de historias. 🌬 En construcción y deconstrucción. #LaTotoMai
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