Mi madre y la madre que soy

Ago 11, 2020 | Club de escritura

Club de Escritura

11 agosto, 2020

Gisela Arroyo 

La maternidad no solo es cuidar y criar a nuestros hijxs, también es enfrentarse a los miedos, frustraciones y a la propia madre. En este relato Gisela Arroyo nos cuenta de la forma más honesta cómo siendo mamá se dio cuenta de que su relación con su madre no era tan buena como ella pensaba, pero también cómo el amor y la conexión entre madre e hijx, algo que no se ve pero se siente, es lo que las salva y de alguna forma “recompone” su relación. 

Me costó mis 30 años darme cuenta de que la relación con mi madre no era tan ideal como siempre pensé, y que, por el contrario, era de extremos: a ratos de amor, a ratos de fastidio. Las relaciones humanas, en definitiva, no son perfectas. Con mi madre he sido cercana -respetando los límites madre/hija-, nos llamamos con frecuencia, cuando vivíamos en la misma ciudad compartíamos momentos de calidad y los primeros meses de vida de mi hijo me acompañó. Ella siempre ha estado presente tanto física como emocionalmente en los momentos más importantes, y eso es algo por lo que le estaré eternamente agradecida. A mi madre le debo los cimientos y aprendizajes más básicos sobre feminismo -pese a que ella no es propiamente feminista- y gran parte de lo bueno y lo malo que soy como persona. Sin embargo, a medida que fui creciendo, que me convertí en madre y que fui a terapia, poco a poco me di cuenta de que había en mí cierta molestia o cierto malestar hacia ella y que tal vez porque como sociedad tendemos a idealizar el rol de las madres, no me había atrevido a ver o reconocer.

Creo que pocas personas han tenido lo que podríamos llamar una “familia ideal” (¿será que existe?). Pienso que la mayoría hemos crecido en familias disfuncionales -algunas más que otras-, teniendo en cuenta, además, que la crianza es complicada y que antes había menos -o menos acceso- a herramientas para acompañar.

La última vez que tuve a mi madre en mi casa me dejó consternadísima. Noté cosas en ella que yo tengo e intento trabajar a diario: la necesidad de aprobación, la inseguridad y lo mucho que me cuesta poner límites. Mi madre es controladora con sus hijos y ese control es una de las bases de nuestra relación. El pasado noviembre vino a acompañarme para mi grado de maestría y el ambiente se tornó incómodo. A menudo me decía cómo tenía que hacer las cosas en lo doméstico -cómo limpiar, cómo guiar a la empleada doméstica de la casa, cómo guardar víveres-, y siempre tenía una opinión negativa sobre todo: que si tenía un sartén grande, que por qué no me compraba uno más pequeño; que este es más pequeño, pero no lo suficientemente grande; que por qué compré esto de esta marca y no de aquella; qué cuánto había costado el mercado y por qué tanto. Para ella, nada en mi casa estaba bien, y no lo estaba porque no funcionaba a su manera. 

Cuando recién llegó, preciso estábamos en ese momento del mes en el que ya no hay nada en la nevera, salvo lo básico. Tenía pendiente hacer la compra, pero con los detalles del grado y cosas que siempre surgen a última hora, no había alcanzado. Recuerdo que esa misma noche me dijo, con cierto tono de decepción: “La nevera está vacía, no hay nada para preparar”. Le propuse varias opciones con lo que había ahí: arepas, queso para hacer sándwich, incluso que pidiéramos comida a domicilio, pero el asunto no era la comida sino señalar la falta de esta. Pasaron un par de días y entre el grado y algunas celebraciones, la nevera seguía vacía hasta que saqué el tiempo e hice la compra por internet. Cuando llegaron las bolsas y guardé todo, le pareció insuficiente. Dijo: “Compras muchos paquetes. Deberías comprar cosas más naturales. Yo te voy a enseñar. ¿Cuánto te gastaste?”. Me tragué mi mal genio y le sonreí tímidamente porque a decir verdad había hecho la compra para que viera la nevera y la despensa llenas y dejara de quejarse a diario, pero tampoco fue suficiente. En su criterio, yo debía llevar mi casa tal cual ella lleva la suya.

Cada día que pasaba en su visita, sentía que había más y más cuestionamientos a mi casa, a las cosas que hay en ella y a cómo las manejaba. Esta no era la primera vez que pasaba esto, pero sí la primera vez que fui consciente de su carácter controlador. Sin embargo, me aguantaba y me aguantaba, y aparte de quejarme con mi pareja, no hacía nada más, porque no quería parecer grosera ni “mala anfitriona”. Entonces empecé a hacer algunas cosas como ella me decía, pero tampoco funcionó. Hasta que finalmente llegó un punto en el que ya no pude más y, ahí sí, después de días y días incómoda y fastidiada, le puse un límite. Como siempre, tuve que explotar para poder ponerlo. Por la forma en la que reaccioné, ella también se enojó, se lo tomó personal y pasamos un par de días muy incómodos. Hasta que lo hablamos y pude decirle, ahora sí de mejor manera, todo lo que me molestó. Sin embargo, quedó un poco como el sinsabor y cuando se fue, debo decir que me alegré. 

Cuando me fui de la casa de mis padres hace seis años, fue precisamente por el carácter controlador de mi mamá, aunque en ese entonces no fue claro para mí. LuzMa controlaba -o eso intentaba- mis gastos, lo que hacía o no hacía con MI plata, pese a que contribuía económicamente en la casa. Me hacía sentir culpable si me compraba algo bonito o algo que “no necesitaba”. Siempre me preguntaba “¿cuánto te costó?” o, si podía, revisaba la factura. Recuerdo una vez que Daniel, mi pareja, me había regalado dos sudaderas y una camiseta para ir al gimnasio que había comprado en Puma. Ese día llegué a casa, dejé la bolsa en mi cuarto y salí de nuevo. Le avisé a mi madre que pasaría la noche en casa de Daniel y regresé al día siguiente, a eso de las seis de la tarde. Estaba muy trasnochada y cuando regresé me acosté a dormir. Recuerdo el reflejo de mi mamá entre la oscuridad, iluminada a sus espaldas por la luz de la sala, reclamándome, entre otras cosas, pasar mucho tiempo en la calle gastando plata. Me cuestionó que supuestamente yo gastaba en ropa deportiva cara, me decía que podía comprarla en otro sitio más económico. Me la imaginé entrando a mi cuarto en mi ausencia, prendiendo la luz, abriendo la bolsa y esculcando cosa por cosa, revisando la factura con las gafas puestas para no perderse ni un detalle. ¿Qué otras cosas más habrá esculcado en ese o en otro momento? Eso me pareció tan invasivo que, muy molesta, le respondí “es mi plata y si quiero la tiro por el inodoro porque yo me la gano”. Creo que ni siquiera le aclaré que no había sido yo quien había gastado eso, pero si así hubiera sido, ¿cuál era el lío? A partir de entonces, empecé a esconder mis facturas o las cosas que compraba para evitar ese tipo de reclamos.

No sé si lo hacía con intención, pero en ese momento, así como en otros, implícitamente me cargaba con la culpa de que ella no pudiera tener ingresos más altos o fijos. Me hacía sentir culpable porque su trabajo no le daba los ingresos suficientes para la casa o para sus gastos y el mío sí. ¿Qué podía hacer yo ahí? ¿Darle todo mi sueldo? Yo aportaba en la casa y a veces compraba mi propia comida. Pero era como si ella quisiera apropiarse, directa o indirectamente, de mi sueldo y controlar mis ingresos y egresos. Todo eso cambió desde que me fui a vivir sola y, posteriormente, cuando me convertí en madre, supongo que fue porque asumió que mis ingresos son destinados en gran parte a mi hijo. 

A pesar de que ha sido un apoyo emocional inmenso en mi maternidad, mi mamá también me ha metido culpas maternas. Gracias a la terapia pude notarlo. En una de sus visitas, una mañana me acompañó a llevar a Martín al jardín, que queda muy cerquita de mi casa, y caminando de regreso, ella iba en dirección al apartamento y yo al paradero para tomar el bus hacia mi trabajo. En ese momento me preguntó si iba bien de tiempo y cuando le respondí, me dijo, a manera de reflexión introspectiva y con tono lastimero: “Yo me dediqué 100% a mis hijos. Ahora no tengo nada, pero me queda la satisfacción de que todos ustedes son buenas personas”. Luego, como quien acaba de darse cuenta de que la embarró, se despidió de mí con un beso y siguió su camino.

Sus palabras eran fiel reflejo de gran parte de su vida y justamente por eso la entiendo, pero no la justifico. Mi mamá es y siempre ha sido una mujer dedicada al cuidado, una mujer que sabe cuidar en todo el sentido de la palabra: cocina, limpia, escucha, cuida nietas y nietos, está pendiente de todos y todas. Y creo que eso, en parte, ha hecho que a veces se olvide de sí misma. Entiendo que tal vez es así por sus propios procesos de crianza y por las experiencias que le tocó vivir: por las normas y expectativas de género a las que tuvo que enfrentarse y adaptarse, por el juicio de los demás respecto a su rol de esposa y madre en un contexto como el barranquillero en el que se vive tanto de apariencias.

Las familias clase media barranquilleras, como en la que yo crecí, al menos hasta hace 20 años se componían, en su mayoría, del papá proveedor, la madre ama de casa y lxs hijxs. Recuerdo que este era el modelo de todas las familias del conjunto en el que crecí, el molde de casi todas las familias de las niñas con las que estudié en el colegio. Niños y niñas somos socializados en esta ciudad bajo los roles tradicionales de género, lo cual implica para los niños, más libertades y para las niñas, más control. Las escuelas católicas, masculinas o femeninas (nunca mixtas), eran las de mayor prestigio. Nos formaban en valores cristianos que, si no se reflejaban en ese modelo de familia, acarreaban juicios y críticas para esa niña, incluso la expulsión.

Por fortuna no me tocó nada parecido, pero recuerdo un par de casos a los que sí. Verse para mostrar, más que ser, era y aún sigue siendo una consigna de vida en Barranquilla. Bajo esta presión, mi mamá se comportó como una esposa sumisa, pero a la vez siempre ha sido una mujer fuerte y valiente. Un reflejo perfecto de las contradicciones que nos habitan a los seres humanos. Aguantó infidelidades de mi papá por “su hogar e hijxs”, pero también por la mirada enjuiciadora del contexto que, muy seguramente, la habría señalado a ella por “destruir su hogar”. Con todo y eso, no faltaron las críticas porque, para algunas personas, mi mamá no era lo suficientemente “entregada” ya que intentó trabajar, o lo suficientemente “vigilante”, debido a que me dejaba salir con grupos mixtos a los 14 años. Todo esto impacta el rol materno, por lo que creo que haberse quedado junto a mi papá después de todas esas cosas, fue producto del miedo y de no poder tomar decisiones. No la juzgo, solo intento comprender los porqués. 

Al escribir esto noto cuánto me parezco a ella en muchos sentidos y cómo en algunos no quiero parecerme. También soy controladora y estoy aprendiendo a soltar, a asumir sin controlar, pero a veces es difícil. Tomar consciencia es el primer paso, no solo para transformar sino también para sanar. Para sanar mi relación con ella y para sanar mi relación con mi hijo, para no replicar lo mismo con él, para no replicar la relación que ella tiene con todos nosotros, pero especialmente con mi hermano C. A veces veo con preocupación la simbiosis que han creado, esa relación aparentemente plácida de co-dependencia, y no sé qué hacer para ayudar.

Me consta también que mi madre ha hecho todo lo que ha estado a su alcance para trabajar en sí misma, para crecer y mejorar en muchos aspectos, y a lo largo de los años, en parte, lo ha logrado. Creo que, desde esa última experiencia cuando vino a Bogotá, pudo notar algunas de esas cosas que he venido narrando -otras se las dije yo- y está distinta, menos entrometida, más tranquila. Mi mamá es capaz de leer mis emociones, sensaciones, el tono de mi voz. Lo hace perfectamente. ¿Y cómo no? Si estamos conectadas desde siempre y para siempre. Esa conexión madre-hijx, que yo también he podido sentir con Martín, es inexplicable. Pero mi experiencia como hija, y ahora como madre, me dice que es real, que es cierta. 

Desde ese noviembre, siento que LuzMa y yo tenemos una relación más real, más honesta. Volvimos a estar juntas a comienzos de este año durante casi un mes, cuando fui en vacaciones a Barranquilla, y este encuentro fue diferente. Revaluamos las actitudes de cada una, conversar sobre ellas y sobre lo que nos molestaba. Una mañana después del desayuno surgió el tema a partir de un episodio con mi hermano y su suegra que LuzMa me contó, y fue la oportunidad perfecta para hacerle notar. Le dije que ella a veces era igual, que yo estaba aprendiendo a manejar mi casa y que Daniel y yo habíamos encontrado la manera. Ella me sonrió con mucha dulzura y se disculpó. 

He notado cómo se han ido los juicios, las críticas y, sobre todo, las cargas que a veces sentía. La noto más prudente y más respetuosa de los límites. No es perfecta y está lejos de serlo, como cualquier persona o como cualquier mamá, pero no dudo de que todo lo que ha hecho ha sido desde el amor. Ese amor que enseña desde lo bueno y desde lo no tan bueno, desde lo (im)perfecto y desde lo real. Y no dudo que eventualmente sigamos teniendo encontrones y que yo siga notando y descubriendo más cosas dolorosas en mi relación con ella. Pero creo que de eso se trata vivir: de reconocer, sanar, crecer. Haber notado todas estas cosas hace que ahora vea la relación con mi madre desde un punto de vista más humano, menos idealizado. Y eso, para ella y para mí, es una ganancia tremenda.

 

Club de Escritura

Leer sobre mujeres y maternidad, escribir sobre lo que significa ser mujer y madre en la sociedad actual, hablar con otras mujeres y debatir sobre todo esto es una tarea necesaria cuando se quiere maternar de una forma reflexiva y rebelde. En este club de lectura, leeremos literatura, poesía, cuentos, artículos, biografías.
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