Mi menstruación y yo

Sep 16, 2020 | Club de escritura

Club de Escritura

16 septiembre, 2020

Laura Sánchez 

La relación con esa sangre que sale de nuestro cuerpo no es fácil y muchas veces es incómoda. Pero como dice Laura Sánchez, la autora de esta crónica, “no es posible seguir habitando el cuerpo que habitamos sin entender lo complejas y extraordinarias que somos”. Aquí un relato de una mujer que poco a poco, y en parte gracias a los feminismos, ha aprendido a mirar con compasión esa sangre que por diez años la ha acompañado.

Mi menstruación y yo siempre fuimos muy ajenas la una de la otra. La primera vez que nos conocimos fue en una esquina de mi cama en compañía de mi mamá, en medio de una conversación angustiosa relacionada con las ocho materias que había perdido y lo cerca que estaba de perder sexto de bachillerato también. En ese momento, aprovechando el estrés del instante, y probablemente como un intento de cambiar de tema, le conté a mi mamá que tenía en mis cucos manchas de color café. Recuerdo que mientras yo hablaba, ella iba abriendo los ojos con preocupación, sin embargo, cuando por fin le mostré de qué se trataba vi que se desilusionó un poco, seguro fue más sorprendente escucharlo que verlo. Obvio, ahora lo entiendo, para ella era un cuento viejo, pero para nosotras (mi menstruación en forma de manchitas cafés y yo) todo lo contrario, era la primera vez que nos conocíamos la una a la otra.

Nos conocimos pero no nos amamos. Ella sabía de mi existencia y yo de la de ella, pero siempre estuvimos separadas física y emocionalmente por toallas higiénicas que se encargaban de hacerme sentir del ombligo para abajo como un sancocho. Nuestra relación siempre fue extraña,  nunca supe de cólicos, dolores de piernas o cambios emocionales (yo era una adolescente insoportable los 31 días del mes), nunca me manché el pantalón en el colegio o le pedí una toalla higiénica a mis amigas;  en general no me molestaba menstruar porque no sentía aún la estigmatización (nadie sabía y a nadie le contaba) y porque tampoco entendía de qué se trataba. 

Seguro en el colegio nos explicaron la maduración del óvulo, que era un folículo, la función del estrógeno, progesterona y demás, pero olvidaron decirnos que eso que estaba dibujado en el tablero ocurría en nuestros cuerpos. Nadie jamás nos habló de síntomas  y mucho menos de manchitas color café en los cucos. Lo sé porque si hubiera entendido desde tan pequeña que era de mi cuerpo del que hablaban, la curiosidad me habría obligado por lo menos a mirar mi abdomen en plena clase de biología.

Eso se mantuvo así  por mucho tiempo. Fueron meses y meses del sanduchito: Laura + toalla higiénica + menstruación, cambiando ciertos detalles. Crecí y mi menstruación cambió, por ejemplo, ya no venía de gratis; ahora tenía implícito un dolor previo en las tetas que no sé cómo describir más que con la palabra gravitacional, seguido de una expansión del útero al nivel en el que comprometía mi sistema digestivo y mi sistema emocional; claramente estaban los atracones de comida que nunca se fueron y el protagonista de la semana: mi endometrio agarrándose de las uñas a mí, porque ya no eran inofensivas manchitas cafés;  ahora se manifestaba como sangre, moco y puro dolor. Exacto, mi menstruación se había vuelto diferente y agresiva, pero yo también lo era. 

En esas épocas el feminismo llegaba a salvar mi vida re-entregandome mi cuerpo desde la apropiación y el entendimiento. Comprendí que la menstruación no se limitaba a ser un recordatorio de otro mes sin gestar y que no debía ser el alivio rojo de mis parejas. Al contrario, entendí menstruar como parte de un proceso más grande y complejo que ocurre propiamente desde mi cuerpo. Son las paredes de mi útero las que producen prostaglandinas y son estas las que provocan las contracciones que permiten que salga ese endometrio, tejido que en otro momento me hubiera servido para mantener algún embrión (jamás se me hubiera ocurrido que mi útero tenía la capacidad de contraerse sin que yo se lo pidiera voluntariamente), que era mi hipotálamo el que iba a desencadenar la respuesta hormonal que generaría la producción de 5 a 20 folículos, y que sólo uno de ellos maduraría para irse  de mis ovarios a probar suerte en mi útero los días que le quedaran antes de salir (como cada mes). La menstruación es sólo un pedazo, y es el pedazo que vemos porque a ciencia cierta es lo único que podemos ver, pero no es posible seguir habitando el cuerpo que habitamos sin entender lo complejas y extraordinarias que somos y que también es lo que nos compone.

En el mundo hay dos tipos de personas: las que menstrúan azul y las que lo hacemos en rojo. Las primeras habitan en los comerciales de Nosotras y Kotex, de algún modo son amantes de los productos de higiene femeninos (que no tienen nada de higiénicos) porque les resuelven la vida. Al día de hoy no entendemos la fisiología de estas mujeres, tenemos la teoría de que evolutivamente su endometrio adquirió esas pastillas que cambian a azul el color del agua del inodoro, pero aún requerimos evidencia. Por el contrario, a nosotras, las segundas, las humanas y diversas, nos cuesta no sentir una servilleta gigante en los calzones cada vez que nos ponemos una toalla higiénica. Nosotras nos partimos en dos esos cinco días del mes. Todas vivimos la menstruación diferente, algunas hemos optado por la copa menstrual, otras por las servilletas gigantes y los tampones  y otras no pueden optar. Menstruar dignamente es una actividad interseccional.

En mi casa por ejemplo había de todo, a mi hermana la menstruación la abandonó desde no sé cuándo y creemos que la dejó por mi mamá, que menstrúa como menstruarían dos personas juntas. Está mi abuela y sus hermanas que se ponían algo parecido a un pedazo de cuero cuando les llegaba, como una servilleta gigante más pesada y hostil. Están las regulares, las que no, las que su menstruación no las deja por meses por algún pólipo o tumor (algunos de ellos con pelos, uñas y dientes), y las brujas que logran controlar su flujo a través de la ingesta de agua. 

Y estoy yo, un espécimen más aburrido, a la que no le baja mucho ni muy poco, la que no llora mucho ni muy poco y la que no se hincha mucho ni muy poco. La que el día que se cansó de utilizar toallas higiénicas, y que su mamá le completó la plata, se llevó al papá a comprar la copa menstrual. A mi que me encanta incomodar, y a él que probablemente le incomoda más escuchar la palabra vagina que ver alguna mancha de sangre en el baño. De ese día me acuerdo que en el regreso íbamos sentados en el bus, más o menos a la altura de la Av. Caracas, en Bogotá, y mi papá me paraba bolas, como siempre, mientras yo leía en voz alta las instrucciones de mi nueva adquisición y al tiempo me preguntaba cómo putas me iba a meter esa copa. Lo dicho,  no me entró fácil, pero fue un proceso incómodo y necesario que me permitió entenderme de forma cíclica, hablar con mis amigas sobre nuestras vaginas, descubrir la mía y un montón de cosas más. 

Explorarme me hizo dueña de mi misma y de mis procesos. Ver mi menstruación ahora es tan maravilloso para mí independientemente del dolor, que siento  que  botarla es un desperdicio. Prefiero regalarsela a mi mata de aguacate. Cada mes mis manchitas cafés y yo nos vemos y nos reconocemos como lo más extraordinario del mundo, nos aceptamos, nos apreciamos y renunciamos al mandato que nos obliga a odiarnos.

Aunque lo parezca, no busco darmelas de la vieja que les dice a todas que amen su menstruación (jaja no puedo mentir, sí soy esa vieja) pero si busco que todxs entendamos nuestro cuerpo, que nos toquemos y reconozcamos, que descubramos la altura de nuestro cérvix y la flexibilidad de nuestra vagina, que nos ríamos al descubrir que nuestro cuerpo sigue cambiando cuando menstruamos, que la que quiera probar le eche menstruación a sus plantas si tiene plantas o que pinte y componga con ella. Hay que mirar, oler y sentir qué es lo que estamos liberando porque nadie se imagina lo necesario que es para nosotrxs entender que soltar tejidos jamás va a ser un proceso fácil. Desangrarse está lejos de ser la panacea, pero nos debemos a nosotras mismas conocernos y ser compasivas con lo que nos compone.

 

Club de Escritura

Leer sobre mujeres y maternidad, escribir sobre lo que significa ser mujer y madre en la sociedad actual, hablar con otras mujeres y debatir sobre todo esto es una tarea necesaria cuando se quiere maternar de una forma reflexiva y rebelde. En este club de lectura, leeremos literatura, poesía, cuentos, artículos, biografías.
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