Mis padres

Sep 28, 2020 | Club de escritura

María Fernanda Cardona

28 septiembre, 2020

Gisela Arroyo 

 

En una entrada anterior, la barranquillera Gisela Arroyo nos contó de su madre. Ahora nos habla de su padre y cómo este ejerció su paternidad de una manera distinta en cada etapa de vida de la autora. De ausente (aunque vivían en la misma casa) a controlador; de indiferente a amoroso; de macho a vulnerable. “Creo que una hija feminista puede ser la mejor y más interesante lección para un padre y un tipo machista”, escribe Gisela en este texto escrito en el marco del Club de lectura y escritura de La mala mamá podcast.

Un tipo siempre formal, incluso los domingos. De camiseta tipo polo por dentro del pantalón. Bien vestido y peinado. Emperfumado. Trabajador incesante. Artífice y patrocinador de paseos y viajes en carnavales, semana santa o vacaciones. Complaciente. Serio. Así es como veía a mi papá cuando era niña. Como padre de tres hijos varones y de solo una mujer la menor, además —, el trato hacía mí era distinto. Con mis hermanos era más distante y rudo: los despertaba para ir al colegio zarandéandoles los pies, abriendo la cortina y aplaudiendo: “bueno, bueno, bueno”. De adolescentes y cuando estaban de vacaciones se los llevaba al almacén que tenía para que lo ayudaran a trabajar. Si querían plata o que les prestara el carro se lo tenían que ganar. Conmigo, por ser niña y menor que ellos, se permitía ser más cariñoso, a pesar de que no éramos muy cercanos. Todos los días al llegar del trabajo me saludaba y se señalaba la frente, una mejilla y luego la otra: era para que le diera tres besos. Jugábamos muy poco, tengo escasos recuerdos de esto. Cuando era muy pequeña, de unos cinco o seis años, íbamos a la playa los domingos, y mientras esperábamos a mis hermanos o a mi mamá, me sentaba en sus piernas, me decía que tomara el volante del carro y me hacía manejar. Pisaba el acelerador muy despacio y yo era la más feliz, ¡me sentía gigante por “manejar”!

Durante mi infancia, mi papá era ese man que en las mañanas hacía ejercicio mientras yo me alistaba para ir al colegio; ese que al mediodía llegaba a almorzar a la casa, tomaba una siesta mientras sonaba la Uninorte FM Estéreo con música clásica, que luego se cepillaba los dientes, se mojaba el cabello, se peinaba hacia atrás y regresaba al trabajo; ese que volvía en la noche a cenar y a ver televisión. El que asistía a eventos importantes del colegio como las clausuras de fin de año, las presentaciones del coro o la primera comunión. El que me compraba Barbies, juegos de computador o CDs de mis artistas favoritos. Mi papá era también aquel que se iba los sábados en la mañana a trabajar, y que a veces regresaba muy tarde en la noche, o incluso el domingo.

La mayoría de los recuerdos que tengo de mi infancia son con mi mamá. Ella era la que me llevaba y recogía a todas partes. A la que le pedía permiso para ir a la casa de alguna amiga, cumpleaños o salidita de niñas acompañadas por un adulto responsable. Era la que siempre me daba permiso. Mi papá brillaba por su ausencia en ese tipo de decisiones. Mi papá siempre estaba trabajando. Con mi mamá era casi religioso salir los sábados por la tarde-noche a la heladería Robin Hood de la 84. Usualmente íbamos con mi prima Ana María, que vivía en mi casa; con Guillo, mi hermano que me antecede; o con alguna vecinita, tía, primita o amiguita. Yo siempre pedía un helado de chocolate con mandarina que me sentaba a comer y, cuando terminaba, jugaba por lo que parecían horas en el parquecito del local. Algún sábado de esos, por razones que no recuerdo, mi mamá no podía ¿o no quería? llevarme a la heladería. Le pidió a mi papá que fuera conmigo a comerse el helado. Mi mamá se bajó del carro y entonces se subió mi papá. Recuerdo que en el camino íbamos en silencio. Fuimos al Carulla, que quedaba a unas cuatro cuadras de la casa. Nos bajamos, fuimos a la sección de helados, mi papá me preguntó que qué helado quería, compró el pote, me dejó en la casa y se fue. Yo me alegré porque, la verdad, no quería ir al Robin Hood con él. Mi papá era el de comprarme cosas, no el de hablar, no el de salir, no el de jugar. Ese era territorio de mamá. 

El papá de mi adolescencia fue controlador, sobreprotector, vigilante, restrictivo, distante, frío, impositivo, machista, presente a las malas. Ahora sí, dador de permisos —aunque eran más los que negaba—. Tuvo muchos rollos y discusiones con mi mamá y conmigo por esto. Él decía, y lo recuerdo claramente, que no estaba pintado en la pared. Pero él no era así porque sí. Mi papá me estaba “cuidando”, cual pertenencia, de mi noviecito de época escolar, y por eso me convertí en la cenicienta de los quinces, en la que siempre iba un ratico a cualquier salida, en la que llevaba a los hermanos de chaperones a algunas fiestas o paseos, en la que le rogaba llorando para que la dejara quedarse más tiempo, usualmente en vano. “En dos horas estás aquí”, era su mantra. 

En esa época vivía muy enojada y resentida con mi papá, porque lo sentía como un invasor en mi vida. Como ese que de repente quería estar en todas cuando antes no estaba en ninguna. Como ese que ejercía su poder de manera impositiva solo porque podía. Como ese que me trataba distinto a mis hermanos por ser mujer. Fueron años de una relación tirante, distante, nos dirigíamos la palabra para lo estrictamente necesario. Yo intentaba mostrarle mi enojo en cada oportunidad que tenía ignorándolo, tirándole puyas, siendo evidentemente cariñosa con todos menos con él. Mi papá de la adolescencia me resultaba insoportable, pero en el fondo, creo que solo buscaba su validación. 

Cuando entré a la universidad, la cosa cambió poco a poco. Tal vez los dos primeros semestres, mientras me hacía mayor de edad, seguí siendo la cenicienta en un par de fiestas. Pero una vez llegó la cédula, bajó el control, la vigilancia, la llamadera incesante. Incluso se hizo “amiguis” de mi novio de la universidad. Unas cosas vienen, otras se van. Ya hablábamos un poco más, cuando me llevaba a la U me metía conversación. Fue un cambio paulatino y radical, el capullo del papá de mi yo adulta. El capullo que se convirtió en mariposa cuando me gradué y empecé a trabajar. Supongo que ahí entendió que ya no tenía nada que controlar. Supongo que la balanza de poderes se equilibró mucho más ahí. Y creo que, a partir de ese momento, mi papá empezó a aprender de mí, a cuestionar y a cuestionarse por mí. Fui la primera que no salí de la casa casada, como mis hermanos. Fui la que se fue a vivir sola porque quiso. Creo que una hija feminista puede ser la mejor y más interesante lección para un padre y un tipo machista. 

Hoy por hoy, mi papá me ve como a su par, tan par como a mis hermanos. Me mete conversación de política, debate conmigo y se interesa genuinamente en mi opinión. No se entromete en mis decisiones personales. Me cuenta sobre él, sus anécdotas, sus aprendizajes de vida. Es cercano y atento. Calmado, incluso parsimonioso. Tierno y sensible. Expresivo y cariñoso. Un abuelo increíble con Martín: le manda notas de voz todos los días, le dice que lo quiere, le envía canciones y artículos de Los Beatles —la banda favorita de Martín—, presume a su cantante favorito —como lo llama— en sus estados de WhatsApp y en los grupos familiares. Es el abuelo que tal vez quiso ser de papá. Es el que me mostró por primera vez a través de su historia, vivida y narrada, las exigencias sociales de la masculinidad: la exigencia de ser no solo proveedor sino de tener mucha plata, la exigencia de ser muy macho y tener muchas mujeres, la exigencia de tomar y aguantar. Lo mucho que hieren esas exigencias, cuando se revisan de manera consciente. La relación entre masculinidad y paternidad, porque esta última se construye a partir de una cierta forma de ser hombre.

Los años han pasado y mi papá ha cambiado. Los años han pasado y mi papá sigue igual: formal, incluso los domingos. De camiseta tipo polo por dentro del pantalón. Con el peinado hacia atrás. Trabajador incesante. El que ejerció su rol de papá con las herramientas que tenía y con lo que sabía. Al que le debo enormes aprendizajes de vida y gran parte de lo que hoy soy.

 

María Fernanda Cardona

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